Homero, el poeta ciego, ponderó en la Odisea al amor leal en la persona de Penélope. Aquella mujer que esperó a su marido por 20 años hasta que regresara de la guerra de Troya. Durante ese tiempo fue asediada para que se casara otra vez, pero no cedió. No obstante, dada la presión política y social se comprometió a casarse solo cuando terminara de tejer un sudario para Eliseo, su esposo y rey de Ítaca. Los pretendientes se frotaban las manos esperando la culminación de dicha pieza, pero parecía interminable. Penélope trabajaba todo el día en el sudario, pero lo deshacía cada noche. Durante dos décadas trabajó y desandó lo trabajado hasta que llegó su amado. Una historia con un desenlace feliz. Una buena historia entre muchas menos gratas.

En Internet hay sitios que proponen la infidelidad conyugal con discreción. Un tipo de infidelidad secreta para seguir con tu vida después de mancillar el pacto matrimonial. “No preguntes, no digas” es el eslogan de muchas parejas contemporáneas. El amor libre preconizado por los Hippies de los 60´ es una opción viable, incluso para personas menos excéntricas. La lealtad es un mito, la fidelidad una quimera, cosa de poetas soñadores y adolescentes inexpertos.

Por otra parte está la idea de Dios, a quien han caricaturizado los humoristas como un Dios desentendido de su creación. Los filósofos desaprueban la idea lógica de un ser eterno e infinito, que ostente todos poder y sabiduría. La ciencia quita a Dios de la ecuación de la vida y el mundo conspira contra su única esperanza en una sedición alocada y autodestructiva. Dios debe estar fuera de nuestros colegios y hogares. Dios debe estar marginado a alguna capilla barroca, o a alguna obra de arte en un museo caro. Aquél que es fundamento de todo lo bueno, justo y admirable es desechado por los que son objeto de su amor. Una sociedad sin Dios, sin principios fijos, sin moral definida es lo que se procura en un desenfreno destructivo. Como la serpiente que se devora a sí misma, la humanidad se lesiona sin saber exactamente lo que hace.

En medio de todo este confuso huracán moral y espiritual está la iglesia, “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). No están todos los que son, ni son todos los que están, pero pervive una generación santa, a pesar de los gobiernos tiranos y las filosofías ateístas. Muchos se preguntan si sobrevivirá al posmodernismo, si de sus filas desertarán sus más valerosos generales. Nos miran para ver si contemporizamos y nos deshacemos de nuestra lealtad al Dios que predicamos. Pero ese día no llegará. Porque en un mundo de infidelidad, relativismo y devaluación de la honorabilidad, Dios sigue siendo el mismo.

Dios es inmutable, no varía, no cambia sin importar los tiempos o las fluctuantes generaciones. Tiene, además, un remanente que perdura inamovible en la decisión de imitar Su carácter. Hombres y mujeres leales a su fe y a sus principios. Guerreros virtuosos revestido de una armadura de justicia. Una iglesia que como Penélope, espera a su amado, y aunque parece que tarda, él regresará. Y cuando regrese, haber esperado cobrará un sentido extraordinario, porque a los fieles y solo a ellos, Dios les dará la corona de la vida. Esa clase de lealtad es más que un mito y nos debe caracterizar.


Publicado originalmente en DevocionalDiario.com. Autor Osmany Cruz Ferrer