Son como medicina al alma que está afligida porque inyectan vitaminas de fe y esperanza. Me agradan las personas empáticas, que tienen sensibilidad suficiente para conmoverse ante el dolor ajeno y extienden sus manos a todo aquel que la necesite. Me simpatizan todos aquellos que tienen la valentía de levantarse después de una fuerte caída. Que gritan: ¡victoria! Aún cuando escuchan voces que quieren desalentarlos. Los que no se intimidan y combaten aún contra enfermedades terminales o pronósticos fatales. Aquellos que pese a que sus probabilidades parezcan escasas y en las estadísticas, sus perfiles digan que no van a lograr sobresalir del “montón”, logran nadar contra la corriente y llegar hasta donde quieren.

Se impulsan y alcanzan llegar hasta el final de la meta. Es que tengo que admirar a todos esos seres maravillosos que se levantan cada mañana e intentan hacer la diferencia con pequeños esfuerzos y detalles. Que no pierden su entereza, ni venden sus principios intimidados ante la crítica o lo que puedan pensar o decir los demás. Son aquellos que sin importar que el día amanezca nublado encuentran fuerzas y hacen hasta lo imposible por vivir la vida de la mejor manera posible. Aquellos para los que la palabra rendirse, no existe en su diccionario, porque saben que si confían en Dios, habrán posibilidades y nuevos caminos que conducirán hacia oportunidades que pueden traer el éxito y las bendiciones.

Me quito el sombrero ante todos aquellos que siguen creyendo en Dios, aunque haya muchos ignorantes y otros que se crean muy sabios como para dudar de la presencia de ese Padre Celestial.

Que aún cuando muchos tratan de burlarse o denigrarles se mantienen inconmovibles sobre la roca soberana y el castillo fuerte de su salvación que es Jehová.