Días atrás, haciendo “zapping” en TV antes de salir hacia el trabajo, tuve oportunidad de ver por unos breves minutos un interesante programa en dibujos animados. Las hormiguitas trabajaban arduamente durante toda la jornada trayendo provisiones para el hormiguero. Sin embargo, una de ellas, entre las miles que había, se destacaba por sobre todas las otras. Era por el tremendo esfuerzo que ponía en traer con gran dificultad, por cierto, grandes cosas a la entrada del hormiguero… pero cosas completamente inútiles. Con mucho esfuerzo vino primero con un peine, y después de traer varias cosas que no sólo no entran en el hormiguero, sino que a las hormigas no les sirven para nada, apareció finalmente con unas gafas de sol.

Una y otra vez la hormiga capataz la rechazaba y el ciclo se repetía una vez más. Buscar algo, transportarlo con gran esfuerzo, hacer la larga fila de hormiguitas esperando para depositar su carga en el sitio de almacenamiento, llegar a la entrada y ser rechazada por lo inútil de los objetos que traía. Volverse con la pesada carga, depositarla a un costado y comenzar de nuevo.

Finalmente la jornada llegó a su fin. El sol ya se ponía y la hormiga capataz cerró la entrada del hormiguero. Nuestra hormiguita se quedó afuera con su preciosa carga.

Alguien dijo que “no hay nada peor que hacer muy bien lo que no es necesario hacer”. Y en algún sentido sobradas razones tiene. He conocido personas así. Con gran esfuerzo y laboriosidad transitan esta vida, trabajan en nuestras comunidades, en nuestras iglesias. Siempre tienen ideas, sugerencias, proyectos; gastan tiempo, esfuerzo, consumen los pocos recursos de que disponen haciendo y trabajando en cosas completamente inservibles, inútiles, imprácticas que no les sirven a ellos ni a sus familias, ni a sus comunidades. En todo caso para algo sí sirven: sólo para mantenerlos a ellos ocupados en algo.

Y es así como la vida se les pasa, finalmente la noche llega y las oportunidades se agotan. Se quedan afuera y sin nada, con la tristeza y la frustración del esfuerzo de toda una vida en vano y sin trascendencia alguna.

¿Por qué siempre es tan fácil ver las faltas en el prójimo y tan difícil ver las propias? Tuve que verlo en otras personas, finalmente en un dibujito animado, para poder recién apreciarlo en mi propia vida.

Durante mucho tiempo he sido así. Siempre lleno de proyectos, de ideas, con ganas de trabajar… pero al final del camino y después de tanto esperar y tanto esfuerzo, llegar al final del camino con grandes esperanzas y encontrarme con la nota de desaprobación del Gran Capataz de la vida. Todo el gran esfuerzo, recursos malgastados en cosas completamente inútiles que de nada sirven en la Gran Obra del Señor de la Viña y una y otra vez tener que comenzar de nuevo.

Señor, no quiero que mi tránsito por este mundo haya sido inútil y sin trascendencia. Habré trascendido, mi vida habrá servido de algo en la medida en que haya sido de bendición para otros y las piedras rotas de mis muros resquebrajados hayan servido para construir, para ayudar a edificar otras vidas. Hoy me pongo en tus manos para andar en las obras que preparaste de antemano para que anduviese en ellas.

“En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios. Según la gracia que Dios me ha dado, yo, como maestro constructor, eché los cimientos, y otro construye sobre ellos. Pero cada uno tenga cuidado de cómo construye, porque nadie puede poner un fundamento diferente del que ya está puesto, que es Jesucristo. Si alguien construye sobre este fundamento, ya sea con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno y paja, su obra se mostrará tal cual es, pues el día del juicio la dejará al descubierto. El fuego la dará a conocer, y pondrá a prueba la calidad del trabajo de cada uno.”

(1 Corintios 3:9-13 NVI)



Publicado originalmente en DevocionalDiario.com. Escrito por: Luis Caccia Guerra