Ahora soy Feliz

Introducción

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”
(2 Corintios 5:17)

Hace un par de días recibí una misiva de un buen amigo. Ahora nos separan muchos kilómetros y ya no podemos hablar cara a cara. La oración final de su carta me conmovió. No era una frase de esas que enmarcas necesariamente, o un pensamiento que te seduce por la elaborada sintaxis y cuyo contenido es aforístico o sentencioso. Pero la frase de mi amigo me conmovió, me hizo pensar en el poder de la gracia salvadora de Jesús y en el benéfico impacto de Su sacrificio. Termina su esquela diciéndome: “Ahora soy un hombre feliz”.

“Ahora soy un hombre feliz”… dice mucho. Infiere que hubo un antes, un pasado lamentable y triste. Y sí que lo hubo. Sergio estuvo en pandillas, en la droga, en la cárcel. Los bolsillos llenos de dinero y el alma vacía de todo lo bueno. Sus fechorías dañaron a su esposa, a sus dos hijos, a sus amigos. Era temido por su ferocidad. Implacable a la hora de cobrar una deuda, pero por sobre todo era un hombre desdichado. Acostumbrado a la traición, al odio y a la mentira. Lleno de desesperanza, enfermo de Sida y con su familia arruinada vino a Jesús. Tal vez el Galileo exista en realidad, se dijo. Quizás no sea una mala idea probar algo más y lo hizo, aceptó a Jesús como su Salvador personal y lo que empezó a ocurrir fue más allá de todo cuanto había imaginado.

Salvó su matrimonio, recuperó sus hijos, encontró la paz interior sin necesidad de mantras o largas meditaciones y experimentó, por primera vez, un gozo inefable y duradero en el dulce amor de Dios. Ya el rostro no se le nota envejecido como antaño, los hombros ya no los lleva caídos por el peso del pecado y ahora no anda detrás de otros por su dinero, sino por sus almas. Es un evangelizador nato que cuenta a otros el gran poder de la gracia de Dios. Todavía no ha sido sanado, su enfermedad es un recordatorio del poder ponzoñoso del pecado. Dios puede curarlo y lo sabe, pero si no lo hace ya ha recibido más de lo que pudo esperar o creer. Sin merecer nada ha recibido tanto y ahora…, ahora es un hombre feliz.

La historia de Sergio me ha recordado la mía propia. No fui todo lo malo que fue Sergio, pero sí estaba tan perdido como él. Estaba perdido y Él me halló, le dio sentido a mi vida y trazó para mí un destino eterno que nadie podrá arrebatarme. Ya no soy la persona que fui, ahora soy diferente, soy salvo en Cristo Jesús. Sin embargo, a veces me olvido de todas esas cosas y puedo llegar a ser presa del temor, del afán y de la desesperanza. Puedo llegar a olvidar lo que hizo Jesús cuando con mis actitudes reflejo lo contrario a lo que he recibido de él ¿Te ha pasado lo mismo? ¿Haz sido víctima de algún tipo de amnesia espiritual? Yo sí, y no quiero que me ocurra nunca más.

He escrito en una esquela de papel, con rótulo rojo la frase de Sergio entre signos de admiración. Si vienes a casa algún día y entras en mi oficina seguramente lo verás sobre mi tablón de memos y actividades. Quiero recordarme todos los días que soy nueva criatura en Cristo, que ahora soy distinto para la gloria de Dios. Quiero regodearme en el hecho de que pase lo que pase, suceda lo que suceda: ¡Soy un hombre feliz!, por la gracia de Dios.



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